Un cansancio infinito

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De repente sientes que has de dejarlo todo y echarte a descansar. Ha sido un año intenso y lo has dado todo. Y un cansancio infinito te llega como un regalo de fin de año, y te duermes intensamente roto y con una sonrisa que no se quita de tu boca.

Hay días en que te levantas dispuesto a comerte el mundo. Con una energía única y arrolladora. Días en que la mañana luce soleada y tú compites con ese sol y ni precisas encender ninguna luz.

Hay días así. Observas, sacas una cuenta rápida y descubres que cada vez son más los días así. Desde que te decidiste a vivir a fondo los días grises, desde que te metiste de narices, a por todas, a lo que venga, en los días tormentosos y hasta huracanados, tus días luminosos son cada vez más. Es curioso, te lo habían contado pero no podías creerlo. Lo normal era poner el aire acondicionado ante los calores sofocantes que te tumbaban de miedo y la calefacción a tope cuando el frío te desnudaba y te dejaba temblando de sufrimiento.

Es curioso, el mecanismo es al revés del impulso primario. ¿De dónde viene ese mecanismo inconsciente? ¿Desde cuándo? ¿Es natural o adquirido? No tiene lógica que sea natural, porque ese impulso primero no nos lleva a nuestro mayor bien, al contrario, nos acrecienta y cronifica el dolor. Ante una situación de estrés, al igual que los animales, tienes dos opciones básicas instintivas: lucha o huida. Eliges la adecuada a cada situación. Eso es lo natural. Sin embargo, lo normal, lo que se te ha convertido en norma, es que huyas sin evaluar las posibilidades de éxito que te reportaría la lucha. Se te ha hecho normal pero no es natural.

Todo habrá empezado, más o menos, cuando te dieron aquella aspirina para niños porque te dolía algún no sé qué. Se intensificó con las anestesias del dentista. Y lo que surtió más efecto tiene que haber sido el: ‘cuidado, bájate de ahí que te vas romper la cabeza’. Como esta, una gama muy generosa de sutilezas: ‘no cruces que te va a aplastar un camión’, ‘tanto sacrificio, me desvivo por ti para que me pagues así’, ‘todo lo haces mal, no se puede confiar en ti’. Y etcéteras, etcéteras, etcéteras infinitos. Imposible de contabilizar. Una carga destructiva que habla del milagro de la existencia. Es milagroso que aún estés en pie y más o menos vivo, es milagroso que hayas resistido a la destrucción más implacable de la personalidad que podría hacerse. Una destrucción invisible perpetrada por quienes más te quieren, quienes más te apoyan, quienes te protegen y son responsables de tus cuidados: tu familia, tus educadores, los colegios, las políticas educativas, los gobiernos y todo lo que se te ha puesto –o impuesto- por encima como una losa gruesa y pesada que ha de sobrepasar, al menos, la estratósfera.

Habrá habido un día, alguna sucesión de días alternos en meses o años, en que escuchaste, leíste, pensaste, da igual… que ese camino tenía que ser erróneo. Generalmente te habrá ocurrido cuando tu grado de degradación, de sentimiento de impoder, tu soledad, tu dolor se hicieron insoportables. Un día sentiste que tocaste fondo y que no se podía ya bajar más. Entonces, otro día descubriste que sí se podía seguir bajando. Y otro, más, y otro, y otro… Hasta dónde, hasta cuándo… Solo puedes invertir el rumbo, el fondo no tiene fondo. Nunca tocarás fondo pues.

Y lo escuchaste, lo leíste, lo pensaste, da igual… No era invertir el rumbo, era tomar un rumbo completamente diferente, era un rumbo sin rumbo porque descubriste que ni siquiera había camino. Ya estaba allí. El rumbo está en ti. Te enfrentaste a tu dolor, abrazaste tus miedos, escuchaste tus sombras, diste voz a tus perversiones, hablaste con tu niño herido, maltratado, vapuleado… Le diste lugar, te diste lugar, ocupaste tu lugar. Y aquí estás ahora, con estos días que son más felices que tristes, que son más calmos que angustiosos, que son más rosas que negros. Aquí estás con lo que eres, con lo que arrastras, y con lo que te desprendes.

Aquí estás, con esta mañana soleada y este sol con el que compites en intensidad. Y planificas el día. Y estás a fin de año y te viene el balance anual pertinente. Un año de aprendizaje, donde el tiempo corrió lento y te dio tiempo para vivir varios años en uno solo, y sin envejecer, al contrario, rejuveneciendo. Aquí estás con el día por delante.

Y te llega la tarde, y un cansancio infinito te sobreviene de sorpresa. Y tienes que acostarte. Y es un cansancio distinto. Es un cansancio eterno. Es un cansancio de labor cumplida. Es un cansancio que disfrutas. Y no te importa dejar todo para mañana. Y no te importa dejar todo para el año que viene, total ya quedan unos días. Y no te importa no hacer nada el día de hoy y olvidar tus planes de inmediato. Total este año has subido a los cielos y bajado a los infiernos varias veces. Te entregas a ese cansancio infinito que se siente tan distinto de otros cansancios más vulgares. Es un cansancio del trabajo bien hecho en la construcción de tu felicidad en el día a día.

Y te duermes y sueñas con tus sueños, que sean los que sean harás realidad o no, pero tampoco te importa ya mucho eso.

Leandro Ojeda López

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