Ese precioso instante en que sabes por donde ir

instantes

Cuando no sabes como te has metido en donde estás, generalmente te cuesta encontrar la salida. La salida siempre es más fácil de lo que imaginas. Y, si bien es fácil, es bueno que sepas que puede no ser tan fácil.

Es normal que no encuentres la salida a tu momento actual. Muchas veces te has sentido en un laberinto al que tú mismo has entrado y no consigues salir de ahí, ni hacia el otro lado, ni volver.

Pero esta vez es diferente. Esta vez no estás en un laberinto. Esta vez es peor. Esta vez te sientes rodeado de paredes a tu alrededor, un espacio sin puertas, un lugar gigante o estrecho pero del que no hay salida posible.

Estás en tu caja. Puede ser una casa, un trabajo. Puedes encontrarte atrapado en una inmensa ciudad con líneas de transportes con trayectos en todas direcciones, o en un precioso espacio en el campo rodeado de montañas que amurallan, o en una isla rodeado de océano inabarcable.

Estás dentro. Sabes que te has metido ahí aunque no sabes cuándo ni cómo. Fue tan sutil que ni te diste cuenta. Y llevas mucho, mucho allí, y sabiendo que debes salir de ese zulo en que te has metido, te has fabricado, te han hundido, no sabes qué, solo que estás ahí y no hay salida, no hay salida.

Has pensado muchas veces en derribar las paredes, en romper la caja, en escalar las montañas, en coger un avión y salir a cualquier lugar. Puedes hacerlo, sabes que podrías, pero sabes que sientes que no puedes. Cada vez que lo piensas una cascada interminable de miedos hechas de razones, justificaciones y excusas sesudas te disuaden automáticamente. No sabes qué hay fuera. Eso te paraliza. Podría ser aún peor, te dices.

Hasta que llega ese momento en que ya no tienes nada que perder.

En ese momento te pueden ocurrir dos cosas.

Que decidas que ya no hay nada que hacer, que no tienes fuerzas, que qué más da si siempre has vivido así, que te resignes y te conformes con todo lo que tienes y lo que no tienes, que te quedas en ese palacio millonario sin puertas o en esa estúpida historia de desamor, mentiras, inercias y fracasos.

Que decidas que tu impulso de vida está latiendo intensamente dentro de ti y que no te importa lo que haya afuera, porque lo de adentro ya lo conoces y sabes que no aguantas más. Afuera lo peor que pueda pasarte sería la muerte y ese no es ningún mal en absoluto. Si lo que hay afuera llegara a ser peor, no te importa, ya habrás aprendido a saltar las paredes para buscar un sitio mejor, y podrás hacerlo una y otra vez, y las veces que haga falta hasta encontrar ese paraíso en el que tu respiración sea quieta y profunda, y una sensación de paz te invada y sientas en tu carne de modo palpable la ausencia de inquietud que aún ha quedado grabada en los recuerdos de algunas células de tu piel.

En ese preciso instante en que esta luz atraviesa tu imaginación y la valentía se yergue para caminar sobre el miedo, cagado de miedo pero avanzando igual, en ese preciso instante las paredes se desvanecen, las montañas se hacen llanuras, en el océano aparecen puentes, y ves marcado con luces naranjas un camino claro y recto rodeado de flores. Y caminas sobre el pasto verde.

Leandro Ojeda López

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