Como la lluvia en primavera

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Cuando estás en un proceso de cambio profundo, estás como en primavera, nunca sabes cuando llueve, nunca sabes cuando sale el sol.

El día está precioso, un sol radiante desde la mañana te presagia el mejor día por vivir. Todo es tan perfecto que la euforia se apodera de ti y te hace saltar sin arnés y bailar sin motivo ni música ni porqué.

Un estado de felicidad incausada que asocias indefectiblemente con un estado de euforia, éxtasis y placer permanente sin medida.

Una lluvia surge de repente de la nada y te moja la ropa tendida que estaba a punto de secarse.

Insultas a la lluvia. No puede ser que se cague el día así sin avisar, piensas.

Te recompones, y haces eso que aprendiste de confiar en el ‘universo’ y sentir que todo es perfecto tal como es. Así que esta lluvia también ha de ser perfecta, y el entusiasmo de la química que produce la euforia vuelve a desatarse y a recorrer tu cuerpo. Y ahí te pones a buscar el arco iris. Pero no está. El sol se ha marchado y no hay arco iris, tan solo la ‘triste’ realidad de que el agua te está mojando, tu ropa no se secará ya para esta noche, y el paseo que ibas a dar por el parque con tu perro y tu hermano se ha fastidiado.

–Pero qué mierda de universo es este que ni siquiera es capaz de ponerme un arco iris allí cuando lo quiero ver–, te repites con un enojo que no juzgas propio de tu estado de amorosa espiritualidad que te llevó años lograr y mucho, mucho dinero.

lluvia-primaveraEs tu ego quien habla, es tu ego quien se enoja, es tu ego quien te está quitando lo que entendías por felicidad. Y, desde ese lugar, entras en el juicio, en la culpabilización y en un estado de amargura y tristeza incausada. Aunque sueles calificar a tu euforia de felicidad incausada, no sueles hacer lo mismo con tu depresión. Tu depresión siempre está causada, y las causas crees que son externas, ajenas a ti, no puedes hacer nada; en tu ego estás desprotegido, separado del resto de la humanidad y de la naturaleza; la naturaleza toda está en tu contra, no tiene otra cosa más importante que hacer que joderte a ti, solo a ti.

Juzgar a la primavera es como juzgar al árbol por dejar caer sus hojas en otoño. Luego de un sol intenso, sobreviene una tormenta. El arco iris puede o no puede estar, y si sale no es para satisfacer tu ego que lo hace.

Cuando estás en un proceso de cambio profundo, estás como en primavera. Aún no estás en ese estado de iluminación en el que no tienes por qué estar ni ha de ser un objetivo, aún no estás en esa felicidad que se parece más a la paz y en nada se parece a la euforia; sí se parece a la alegría, pero la alegría sabe aceptar la tristeza como su complemento perfecto y su alimento.

Cuando estás en tu primavera, en tu cambio de estación, has de aceptar que un día tendrás una euforia en la que sientes que te puedes comer el mundo, y al siguiente levantarte con una sensación de depresión infinita. Espera, al tercer día tal vez estés en tu centro, en tu paz, en tu libertad. Sigue y es posible que esos terceros días se hagan más presentes.

Aguanta la primavera, permite que llueva cuando tenga que llover, que te parta el sol la cabeza cuando tenga que hacerlo, permite, permite, permite. Cuando cambie la estación, simplemente cambiará. Disfruta del verano, y acepta con neutralidad y amor el siguiente otoño y el invierno que le sobreviene.

Leandro Ojeda López

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